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Sobre IDILIO: Sueño y Falacia. Un proyecto de
Oliver Zybok Comisarios: Oliver Zybok,
Javier Panera y Martje Schulz
Proyecto coproducido por el DA2 de Salamanca y
el Festival Internacional de las Artes de Castilla y León con la colaboración
de Sammlung Falckenberg,
Hamburgo. DA2. Domus Artium
(5 de Jun al 8 de Sept de 2007). Patio de Escuelas.
Universidad de Salamanca. (5 de Jun al 22 de Jul de 2007) .
Creo que pocas instituciones españolas gozan del privilegio y la virtud
(también de la angustia desesperada y delirante), de convertirse en relatoras
eficaces de los verdaderos
síntomas y conflictos culturales contemporáneos, cuyas
traducciones e insinuaciones más conflictivas se localizan en el discurso
estético actual, atravesado -como lo está- por infinitas paradojas. Tan solo un
repaso por los proyectos curatoriales de los tres
últimos años desarrollados en el DA2 de Salamanca, advierte de una solvencia
intelectual y de un grado de agudeza y compromiso con el debate teórico sobre
el arte, la cultura y sus procesos que, sin duda alguna, hacen de este centro
uno de los puntos de referencia obligado en el panorama institucional del arte
contemporáneo, al menos en España. Ello, en gran medida, por la pertinencia de
sus indagaciones sobre el estatus travestido y paradojal de la estética
reciente, la pericia y destreza analítica de sus estrategias expositivas y los
modos con los que establece un diálogo de interrogación constante y frontal con
aquellos signos que describen y cualifican el escenario artístico, simbólico y
discursivo de las dos últimas décadas, saturado de falsas poses neo-barrocas y
de falacias representativas del peor gusto.
Con este nuevo proyecto, sobradamente polémico
en sí mismo, bajo el sugestivo y sintomático título Idilio: sueño y falacia,
sus comisarios suman otro acierto en la difícil labor de escudriñar, hurgar,
revelar y hasta cierto punto sistematizar, algunas de las preocupaciones que
recaban el interés del relato estético más reciente y de su explícita vocación
revisionista respecto a los modelos hegemónicos de la cultura contemporánea,
frente a la que lo idílico, más que una consagración sosa de un ideal de
realización y de falsa plenitud, es intervenido para subrayar el escepticismo
compulsivo y el nomadismo utópico e impenitente del modelo cultural en el que
vivimos. Ese donde la Utopía es ya solo un impulso estrictamente personal que
se vive en la más dura soledad. Atrás quedaron las revoluciones y con ellas la
posibilidad del consenso colectivo y la imagen del paraíso y la felicidad
plena. El sujeto moderno ha muerto y en su sepultura reposan los ideales de
emancipación y restitución de la igualdad, la idea ingenua y peregrina de
rescatar el “paraíso perdido” queda, acaso, como una anécdota romántica del
pasado. Distopía y heterotopía
vienen a ser entonces las directrices que marcan, en gran medida, los discursos
estéticos y sus derivaciones sociológicas. El artista no es ya, o no debiera
serlo, un demiurgo o chamán ecuménico, sino un intérprete avisado frente a un
presente ideológico “desfavorable” que aún deja espacios residuales para el
romanticismo vulgar y la idiotez pretextada como recurso discursivo.
En este sentido, la muestra lejos está de ser
leída como un ensayo de recuperación de una postura idílica ante la vida o como
una equívoca (re)interpretación del arte como espacio idílico y de redención
ante el caos de lo anárquico y lo demencial. Por el contrario, es una auténtica
bofetada a esa falacia discursiva, absolutamente engañosa, de los tardíos
impulsos de modernidad trasnochada que reclaman al arte la aportación de un
modelo terapéutico para redimir el alma y las conciencias. Las obras aquí
expuestas (en ambas sedes) de más de cincuenta artistas de los cinco
continentes, en su mayoría reflexionan sobre la dimensión utópica y el sentido
rabiosamente paradójico de pretender un modelo o destino idílico para la
práctica del arte, así como para el control de sus efectos socioculturales. De
ahí, si se quiere, ese ánimo paródico sobrado de ironía, que atraviesa muchas
de las propuestas sutilmente orquestas por los comisarios. De sala en sala, y
siguiendo una especie de dramaturgia virtual, las obras consiguen un alto poder
de sugestión que, con mayor o menor fortuna, alcanzan a revelar la coherencia
de una exposición correctísima en la que, por otra parte, sobraban algunos
paisajes, aun cuando sea éste uno de los escenarios más recurrentes en la
consumación de lo idílico, en tanto tema y figura poética. Más que una
representación o revisión del idilio y su posibilidad de permanencia en las
prácticas estéticas actuales como gesto nostálgico y altruista, lo que esta
muestra deja al descubierto, y por tanto se hace cómplice de ello, es de la
cualidad simuladora y el potencial disidente del arte para estructurar, desde
la oblicuidad, un ensayo desolador sobre la muerte de los grandes relatos y la
crisis de esos intentos demenciales (casi abyectos)
de procurar paraísos artificiales. La desmesura de los parques temáticos, los chaléts como escenarios esteriotipados de la felicidad y el
bienestar, la cultura del Karaoke, el hallazgo del
falso paisaje virgen y la mentira sobre la idea misma de que el arte ha de
fungir como territorio idílico de la subjetividad, están entre los motivos de
reflexión más recurrentes de las piezas aquí reunidas.
Las obras de Franz Ackermann, Pablo Alonso, Francis Alÿs,
Olaf Breuning, Catarina Campino, Cecelia Condit, Valerie Favre, Amparo Garrido, Thomas Grünfeld,
Mauricio Guillén, Tom Hunter,
Christian Jankowski, Kaoru Katayama, Mike Kelley/ Paul
Mc Carthy, Peter Land, Won Ju Lim, Angel
Marcos, Jonathan Monk, Linarejos
Moreno, Sarah Morris, Jorge
Pineda, Michael Samuels, Tim
White, Francesco Vezzoli, están entre las mejores piezas de esta muestra,
aunque entre todas ellas destaca la soberbia propuesta de Javier Núñez Gasco, quien será sin dudas una referencia de culto dentro
de muy poco. De una forma u otra esta selcción
advierte de esa rara continuidad paradojal del idilio en la multiplicidad
social y estética del presente.