Sábado, 28/4/2007, 22:08 h
VICENTE JARQUE 14/04/2007
En su cuarta edición, la Bienal de Valencia ha
establecido un eje de encuentro estable con la histórica Bienal de São Paulo y una conexión más estrecha con Latinoamérica.
Cinco grandes exposiciones en cuatro espacios de la ciudad que se podrán
visitar hasta el 17 de junio.
La Bienal de Valencia celebra su cuarta
edición. La primera la dirigió Achile Bonito Oliva;
las dos siguientes, Luigi Settembrini.
En esta ocasión, el coordinador general es Amador Griñó,
un hombre de la casa, aunque no por ello menos competente. Y seguramente más
barato. De hecho, una de las cosas en las que se ha insistido en esta edición
es en la austeridad con que se ha actuado. El gerente de la fundación de la
bienal lo dejó bien claro: se han trasladado nada menos que 133,5 toneladas de
arte, en su mayor parte a través del Atlántico, para un evento que sólo va a
costar 3,5 millones. Esto es algo que, dadas las circunstancias, tiene bastante
mérito. En serio.
En cuanto al contenido de las toneladas: la
bienal se articula en cinco exposiciones distribuidas en cuatro espacios. La muestra
principal es la que justifica el título general del asunto: Encuentro entre
dos mares. De lo que se trata es de la conexión acordada entre la Bienal de
São Paulo y la de Valencia. Parece que se pretende
que haya continuidad. Lo que se puede ver de la de São
Paulo (que ha cumplido 50 años) es una muestra, Luz ao
Sul, de lo que se pudo ver allí en su momento.
Los comisarios, Agnaldo Farias y Jacopo
Crivelli, presentan una selección bastante
heterogénea de 24 artistas. En este contexto destacan, por ejemplo, los
trabajos del argentino León Ferrari, a manera de cartas ilegibles llenas de
volutas, o los mapas imaginarios de los también argentinos Guillermo Kuitca o Jorge Macchi, los
árboles de látex de Alberto Baraya, las bicicletas aéreas del brasileño Jarbas Lopes o las melodramáticas
imágenes de la malograda Ana Mendieta.
Junto a ello, en el mismo espacio del Centre
del Carme (en un marco un tanto confuso y algo atiborrado), encontramos una
gran cantidad de arte popular indígena o, en su caso, indigenista. De hecho, se
trata de "un canto de amor al pueblo negro", comisariado
por el director del Museo Afrobrasil, Emanoel Araujo. El largo título de esta parte de la bienal,
Áfricas-Américas. Encuentros convergentes: Ancestralidad y contemporaneidad, nos habla claramente
de sus entusiastas pretensiones y de su ligera desmesura. Dejando a un lado su
indudable interés antropológico (hay mucha antropología en esta bienal...), hay
cosas espectaculares y cosas inteligentes. Las fotografías de negros de Pierre Verger (gentes de Bahía, Haití, Cuba, Surinam o Benin) nos
presentan la negritud como una suerte de realidad nacional capaz de traspasar
los continentes; Sydney Amaral construye imágenes con
monedas devaluadas; Zé do Chalé realiza imaginativas
tallas de madera de raíces amerindias, lo mismo que Nino,
quien, como subraya Janete Costa (responsable de una
sección de esta muestra), es analfabeto, hasta el punto de que firma sus obras
con palitos; aunque, la verdad sea dicha, no parece menos culto o refinado que
la mayoría de los artistas que hoy triunfan por doquier.
otros tres espacios. En el de la Universitat de València puede
visitarse una muestra de arte contemporáneo de Jordania. Las razones de su
inclusión no son evidentes. Lo que sí resulta evidente es la extraña
intemporalidad que emana de esta exposición. Por ejemplo, de las pinturas
abstractas de Ammar Khammash,
de los extensos paisajes fotográficos de Jan Kassay, e incluso del vídeo de Sima Zureikat,
de temática enigmáticamente religiosa.
El otro gran espacio es el de la Nave del
Puerto de Sagunto. El edificio es uno de tantos
residuos de un pasado vinculado a la industria siderúrgica. Los organizadores
de la muestra subrayan el carácter imponente de este "macrocontinente
cultural". Al fin y al cabo, no es para tanto. La amplia nave permite
acoger bastantes cosas, dejándolas respirar bastante mejor que en el convento
del Carmen. Dos son las exposiciones en Sagunto. Una
de ellas, bajo el platónico título de Anamnesis,
recoge obras más o menos neotecnológicas de artistas
españoles más o menos emergentes. Todas son políticamente correctísimas. Entre las más curiosas se
encuentran la acogedora cámara frigorífica -y búnker- de Linarejos
Moreno o el trabajo de Txuspo Poyo poniendo en movimiento
a los solteros de Duchamp.
En la misma Nave, y comisariada
por Kevin Power y Ticio
Escobar, se nos ofrece una excelente muestra de arte latinoamericano
contemporáneo. Lo que domina en este marco es la denuncia política (militares,
pistolas, violencia, opresión, ya se sabe), pero casi siempre entendida en unos
términos bastante irónicos que denotan envidiable inteligencia. Un ejemplo: las
fotografías de Stroessner manipuladas por Fredi Casco (en las que el dictador paraguayo aparece
duplicado, reducido, acompañado de gentes con pinta extraterrestre), o las de
Bernardo Oyarzún con su parentela (tras ser detenido
por la policía y descrito como descerebrado por su aspecto negroide), o las
simpáticas sábanas sucias de Juan Carlos Rodríguez. Finalmente, tanto en este
espacio como en el conocido como La Gallera, en Valencia, puede verse un muy
buen proyecto peruano debido a Gustavo Buntinx (Al
fondo hay sitio), consistente en una muestra de su Micromuseo
ambulante, en donde conviven el kitsch y el
espíritu objetivo, el pop y el neobarroco, los artistas y los artesanos (los artífices
en general, como bien dice Buntinx), con imágenes
potentes y abigarradas, algo alucinatorias, como las de Ángel Valdez o Susana
Torres, en obras en donde todo cabe.